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Amigo imaginario

amigos-imaginariosA los ocho años, tuve un amigo y compañero de colegio, llamado Marcos, que, a su vez, tenía un amigo… imaginario.

La única tarde que fui a jugar a su casa, vi cómo Marcos le hablaba a un tal Mati como si lo tuviera delante.

No se me olvida que su madre nos trajo la merienda, ni que fue ella quien le dijo a su hijo: – ¿Ya le has presentado a Mati a tu amiguito? A lo que Marcos respondió: -Todavía no… -y luego se dirigió a mí-: -Es que es un poco tímido con los niños que no pueden verlo.

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¡Machista!

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Tenía casi treinta cuando empecé a salir con “R”. Lástima que, además de una chica muy atractiva, fuese tan insegura, y, por tanto, muy celosa.

Los primeros meses, distraído por su belleza -y a causa de mi inexperiencia con chicas tan guapas-, no le di importancia; e incluso me sentí halagado, porque que una chica así, que le gustaba cualquier heterosexual, sintiese tanto interés -incluso sufrimiento- en que sólo estuviese con ella, me tenía asombrado.

Más perplejo me quedé cuando dos meses después, durante un viaje de verano, me pegó un puñetazo y me puso un ojo negro durante las dos semanas que estuvimos en Túnez; más otra que fue pasando de violeta a fucsia y luego a amarillo pomelo; más por bajarse hasta el pómulo que por el color en .

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Fábula

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Esta es la historia de un pollo de mirlo y de un cuco viejo que pasaba por allí: 

Todavía en el nido, un pollo espera a que sus padres vuelvan con una lombriz, o con una larva retorciéndose en el pico. Mientras se desgañita estirando el cuello y abriendo la boca, se da cuenta de que un pájaro más grande, que no se parece a sus padres, se acaba de posar en otra rama, a pocos metros de la suya. 

Aunque ya no es un polluelo, porque casi ha perdido el plumón y tiene los cañones de las plumas con alguna que otra en ristre, deja de llamar a sus padres, como primer intento de pasar inadvertido. Sin embargo, al ver que el otro pájaro sigue ahí, como si tal cosa, se hincha, para parecer más grande o un erizo enfurecido –por los cañones que parecen púas–.  

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Clases de baile

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De vez en cuando, alguien me pregunta por qué imparto clases, tanto de dibujo como de escritura, si siempre digo que detesto a la mayoría de los ‘profesores’ que he tenido.

La respuesta que doy es que se debe, precisamente, a eso mismo.

Recuerdo que, hace tiempo, durante los años en los que fui alumno de escritura, tuve compañeros que, tras dos años -conmigo- en el mismo taller literario -era presencial-, no sólo no aprendieron a escribir, sino que dejaron el curso, hartos e incapaces de desarrollar media página. Y me refiero a un taller literario de esos que cuestan más de noventa euros al mes. Seguir leyendo »

Concursos degradados

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Me apena ver que, finalmente, los organizadores del premio Cosecha EÑE lo han degradado hasta el punto de que un grupo de colegas y un servidor nos hemos negado a participar, cosa que hacíamos casi todos los años.

Desde antes de dos mil diez, que fue la primera vez que participé, hasta dos mil dieciséis -que fue la última-, sin olvidar las bases de este año, el certamen ha perdido calidad de forma constante y significativa:

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‘Género’ literario

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(que no es lo mismo que literatura de género)

En la primera aula de escritura -a la que asistí como alumno- tuve a una profesora que dijo, a modo de presentación, que la escritura es cosa de mujeres. Ignoro si se habría atrevido a hacer lo mismo de no haberse dado la casualidad de que, en aquella ocasión, había doce mujeres y sólo dos hombres en la clase.

Tampoco sé si el otro tipo estaba tan perplejo como yo. En todo caso, me pareció que estaba resignado. Tal vez porque era mayor que yo y la edad hace que aceptes cierto tipo de cosas sin rechistar, estés o no de acuerdo con ellas.

El caso fue que, cuando me tocó presentarme, le pregunté a esta buena mujer -no sin cierta suspicacia- si, por toda su experiencia docente, era habitual la proporción entre géneros, no literarios. Recuerdo que todas se callaron y aquella profesora, muy sonriente, hizo una pausa, en la que no me pareció que hubiese reflexión alguna, sino un vamos a ver cómo te lo explico, chaval, para que lo entiendas y me dijo: Sí, esto siempre es así; refiriéndose, claro, a que hay más mujeres que hombres en las clases de escritura, y no es por casualidad.

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Crónica de un muerto

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En dos mil diecisiete, tuve un alumno que estaba en el último curso de instituto, que me dijo que su profesor de literatura les había mandado un trabajo sobre la novela, de Gabriel García Márquez, Crónica de una muerte anunciada.

El reto estaba en escribir un texto que complementase a un personaje de la novela, también podía añadir uno nuevo que diese otra perspectiva a un evento de la historia, o que tratase un hecho, que bien podría haber estado en la novela, explicando algo desde otra perspectiva de lo que acontece en ella.

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