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Archive for the ‘Microsomas’ Category

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Desnudo frente al espejo, emuló la danza de “Gordi”; el niño gordo de la película Los Goonies. Cada lorza le susurraba su mote. Se agarró el abdomen y, dejando una ranura de un palmo entre dos pliegues, se puso a oprimirlos con las dos manos hasta que le parecieron una boca que le dijo: ¡Gordi!

Pablo, “Pablete” para su madre, “Rechonchonagger” para los mayores del colegio, Pablo Martínez Carrión para algunos profesores. “Carrión, váyase de clase” para el de matemáticas, el padre Guillermo; que, según él, se la tenía jurada.

Miró su nombre escrito con pegatinas sobre un poster de la película Comando, y, de reojo, la mesa de estudio, junto a la cama, donde esperaba abierto el libro de trigonometría, con el compás de marcapáginas. (más…)

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El libro de recetas de la abuela

Cuando murió su tía, como no se hablaba con sus hermanas, fue Encarnación, única sobrina de ambas, quien tuvo que quedarse con el gato. No le hizo gracia, pero pensó que no le supondría molestia, ni un gasto adicional, mientras comiera de lo que se procurase en el jardín; plagado de jilgueros herrerillos y otras aves molestas. Tampoco le dio importancia a los bufidos hacia los rincones, ni verlo oculto en el hueco de la escalera, o debajo del faldón de una mesa, gimiendo como un huérfano.  (más…)

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Cuando un amigo muere, nunca retiro la cifra cadáver de mi agenta telefónica. Porque, una vez que lo hice, no tuve ese sueño en el que me llama y tenemos la última conversación -aquella que no pudimos tener-, en la que nos despedimos. De hecho, si soy fiel a esa regla, el sueño siempre transcurre de la misma forma:

Mi teléfono, que está en la mesilla de noche -a modo de despertador-, empieza a vibrar a eso de las tres de la mañana; siempre me parece un microataúd en el que hubiese resucitado el difunto. Me incorporo sin sobresaltos y veo su nombre parpadeando en la pantalla. En ese instante, nunca soy capaz de acordarme de que estoy soñando. Sin embargo, si recuerdo que ella o él lleva semanas muerto o muerta, y, como eso nunca me causa temor ni desazón, contesto interrogando su nombre: ¿Ángela? ¿Ángel? (más…)

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Ejercicio de extrañamiento mano a mano entre T. G. C. y C. B. :

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Las madres arrastran a sus hijos para coger asiento en el autobús. Y lo hacen sin percatarse del banco de aluminio, impasible como si no le importase el peso de los que esperan el circular; ni siquiera el peso eterno de saberse condenado a pasar el resto de su existencia funcional aguantando: traseros deleznables, nalgas sobrealimentadas, glúteos biciestáticos, posaderas resignadas, bullates bulliciosos, bujarrinis respingones, pompis pomposos, colas inmigrantes, popas epopéyicas (más…)

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Cuando salió a la balconada, el nuevo dictador quiso hacer el saludo fascista, pero se confundió de brazo, y, como nadie se atrevió a contradecirle, todos los presentes en la plaza de aquel pueblecito le devolvieron el mismo gesto. Al darse cuenta de su error, quiso repetir el saludo con el “bueno”, pero lo hizo con tanto vigor que se luxó el hombro. De tal modo que, al caer el brazo –por dislocarse la articulación que lo levanta y sostiene, pero todavía con las otras dos intentando completar el saludo–, ofreció el mismo efecto que si estuviese acariciando los contornos voluptuosos de una mujer invisible.

Esto, y no otra cosa –pese a lo que quieran decir Hoy los historiadores más reputados–, fue el origen de aquel baile popular que ocasionó la revuelta.

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Cuando salieron al terrado para apropiarse de las vistas de la ciudad financiera: “gordos”, encorbatados, inmisericordes, todos aquellos telépatas bursátiles, arquitectos de abismos macroeconómicos, se percataron de dos verdades: una, que estaban a bajo cero, y dos, que algo no les permitía volver a entrar. Fue entonces que recordaron que, aquella misma mañana, habían inaugurado el primer edificio inteligente… inteligente de verdad.

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Se me acercó en la barra apartando a empujones a mis amigos y me dijo que le recordaba a un amor de su juventud. Así, sin más. Uno que un buen día desapareció por la buenas. Se puso tan pesada, que tuve que enseñarle mi documento de identidad. Al ver otro nombre pareció decepcionada, pero, aún así, me preguntó si me acordaba de ella. Le dije que cómo me iba a acordar si nunca antes la había visto. Me dijo que eso mismo le dijo el otro la primera vez. Me encogí de hombros y entonces me dijo que si quería irme a su casa para follarla como me la follaba entonces. Y “entonces”, me enfurecí, cualquier otro se habría aprovechado de la situación, porque era una chica que seguía siendo bastante atractiva, pero yo, que no quería darle la razón, no.

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