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Posts Tagged ‘adolescencia’

¿Has visto que me han salido unas cuantas pecas justo aquí? -le dice Patri encogiéndose de hombros para ahuecar el escote. Marc no mira; y cuando lo hizo nunca como ella esperaba.

Están a solas otra vez, por casualidad. Los demás acaban de irse al pueblo, a siete kilómetros, para comprar más cerveza; porque Saúl y Hernán, el hermano mayor de Patri, se las han bebido todas antes de las once de la mañana.

Siempre que Patri se queda a solas con Marc, (su hermano no se fía de ninguno de los otros, porque dice que están más salidos que él), le da por hacerle ese tipo de preguntas. (más…)

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Gregorio Canalejas Pedrazo, “Canales” para todo el barrio y luego de que voy a contar “el salchichas”, fue, en aquel solar ya cementado de mi infancia, uno de los chavales más carismáticos y divertidos.

Allí adonde iba, desataba risas sin resentimientos y afán de jolgorio. Y lo hacía de muchas formas; aunque mi preferida era cuando empleaba un despiste, muy bien fingido, a galope entre el “parece que no me entero” y un “pero vosotros tampoco”.

El único defecto, que le iba siempre detrás igual que un chucho, era que pedía prestado: comos, canicas, pesetas… Lo que tuviera valor en aquel momento. El problema era que luego se hacía el sueco y hasta el suizo si con ello se libraba. Siempre, eso sí, con una broma o un chiste ingenioso. (más…)

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Mi hermano mayor es ése que va por ahí luciendo la cabellera como si fuera un incendio forestal. Así de exagerado, tuerce voluntades y fractura corazones con cada golpe que le da ese mechón que tiene distraído sobre la frente.

Si dijéramos que la belleza es uno de los bienes peor repartidos de la humanidad, también podríamos decir que está claro que él fue avaricioso.

Mucho, si hasta cuando bosteza parece que tenga detrás un atardecer en la sabana. Y claro, a menudo las chicas me entregan cartas a mí para que se las dé a él; eso sin que sea San Valentín. Casi siempre son declaraciones de unas quince páginas con letra diminuta (algunas ya vienen abiertas), en la que le cuentan lo incompletas que están sus vidas, que se suicidarán si esto o aquello, y otras cosas que no me atrevo a repetir. Así que me limito a hacer de cartero y las dejo en su cuarto, junto al resto de las que se amontonan sin abrir. Y él, que siempre parece ido, me dice que salga de allí pitando, que va a tocar la guitarra, o que necesita pensar.

¿Pensar en qué? ¿Es que acaso no puede decidirse? Para colmo de injusticias, he descubierto que me ha salido otro grano. Se acumulan en mi cara sin que pueda hacer nada para evitarlo. Además, mi madre dice que son imaginaciones mías, cada vez que me levanto el flequillo, me veo más entradas. Si las cosas siguen a este ritmo, creo que moriré virgen.

Mi madre también dice que he sacado el pelo fino de su familia y que sin embargo mi hermano “ha salido a tu padre y al padre de su padre”; que al parecer en vez de pelo tenían crines.

Hoy, harto de ser testigo de cargo de mi prematuro deterioro,  he decidido abrir y leer todas sus cartas. No sé por qué, pero, me da que habiendo tantas y si les contesto a todas, quizá alguna se conforme con menos. Después de todo ¿somos o no somos de la misma familia?

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