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Posts Tagged ‘infancia’

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Desnudo frente al espejo, emuló la danza de “Gordi”; el niño gordo de la película Los Goonies. Cada lorza le susurraba su mote. Se agarró el abdomen y, dejando una ranura de un palmo entre dos pliegues, se puso a oprimirlos con las dos manos hasta que le parecieron una boca que le dijo: ¡Gordi!

Pablo, “Pablete” para su madre, “Rechonchonagger” para los mayores del colegio, Pablo Martínez Carrión para algunos profesores. “Carrión, váyase de clase” para el de matemáticas, el padre Guillermo; que, según él, se la tenía jurada.

Miró su nombre escrito con pegatinas sobre un poster de la película Comando, y, de reojo, la mesa de estudio, junto a la cama, donde esperaba abierto el libro de trigonometría, con el compás de marcapáginas. (más…)

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¿Has visto que me han salido unas cuantas pecas justo aquí? -le dice Patri encogiéndose de hombros para ahuecar el escote. Marc no mira; y cuando lo hizo nunca como ella esperaba.

Están a solas otra vez, por casualidad. Los demás acaban de irse al pueblo, a siete kilómetros, para comprar más cerveza; porque Saúl y Hernán, el hermano mayor de Patri, se las han bebido todas antes de las once de la mañana.

Siempre que Patri se queda a solas con Marc, (su hermano no se fía de ninguno de los otros, porque dice que están más salidos que él), le da por hacerle ese tipo de preguntas. (más…)

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Gregorio Canalejas Pedrazo, “Canales” para todo el barrio y luego de que voy a contar “el salchichas”, fue, en aquel solar ya cementado de mi infancia, uno de los chavales más carismáticos y divertidos.

Allí adonde iba, desataba risas sin resentimientos y afán de jolgorio. Y lo hacía de muchas formas; aunque mi preferida era cuando empleaba un despiste, muy bien fingido, a galope entre el “parece que no me entero” y un “pero vosotros tampoco”.

El único defecto, que le iba siempre detrás igual que un chucho, era que pedía prestado: comos, canicas, pesetas… Lo que tuviera valor en aquel momento. El problema era que luego se hacía el sueco y hasta el suizo si con ello se libraba. Siempre, eso sí, con una broma o un chiste ingenioso. (más…)

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Ninguno de los hermanos recordaba haber vivido con su madre –pese a que no los separaron hasta los tres años-. Su tía, aunque no les dejaba que la llamasen de otra forma, era lo más parecido a una figura materna; que no maternal.

Cada vez que los agarraba por el brazo para mandarles algo, sentían la presión de sus falanges. Entonces, les susurraba cada orden, sin soltar; hasta cerciorarse de que lo habían entendido, o iban a hacer lo que necesitaba, sin excusas.

A veces eran cosas normales, como: “Al volver de la escuela compra seis barras de pan”, ó, “Recoge lo que te den de la tintorería y tráelo sin que se manche”; pero otras…  (más…)

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a T.G.C. no dejes de leer.

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Cada fachada es una mueca. La de los caserones vallados por una sonrisa desordenada, hecha astillas. Me gustaría que hubiera jardines, pero se los ha comido un tipo de maleza tupida y agreste; la misma que hay en la barba de cualquier loco peligroso. Hay patas de pollo donde esperaba árboles. Y alguien se ha tomado la molestia de plantar martillos en vez de buzones.

¿Este es el vecindario adónde hemos venido a vivir? Y eso que todavía no he visto a los vecinos. Al menos durante el día. Porque de noche, si te concentras en la oscuridad, se intuyen siluetas rápidas como gatos; a los que, por cierto, no he visto ni oído desde que llegamos.

¿Es posible que haya un vecindario sin gatos? Sí, porque estas sombras que digo son tan grandes como una persona, pero cuadrúpedas. Aunque, sin que pueda preverse, se ponen de pie y caminan como si estuviesen dando un paseo nocturno. Van y vienen con mucha calma, como si nada y, zas, vuelven a salir gateando. Así toda la noche, hasta que empiezan a clarear los tejados y regresan a toda velocidad allí de donde salieron; y no necesariamente por la puerta. ¿No sé si me explico? (más…)

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Hace poco descubrí que todavía existen profesores que emplean castigos como el de poner de cara a la pared a alumnos de seis años.

Afortunadamente, también hay otros que creen que este tipo de castigos son un recurso adiestrativo más que educativo; por obsoleto y medieval (evoca el cepo en la plaza de cualquier villa de la época).

Porque, ¿qué puede haber hecho alguien de seis años para tenerlo humillado y aburrido de cara a un rincón? ¿Pegarle a un compañero? -En tal caso, lo más seguro es que sea un indicativo de que alguien de su entorno está ejerciendo esa misma violencia contra él y hay que tratar el tema con sus padres. Ya que lo del rincón sólo sirve para minar la autoestima, agravando los problemas y las conductas que se pretende corregir: porque frustra y alimenta la agresividad haciendo que se culpe al resto -y a uno mismo- del suplicio (leer más).

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F. R. Martín era un gordo, para casi todo el mundo de mierda. Ya en el cole lo llamaban “El patacerdo”, porque siempre iba en pantalón corto y tenía, más que pelo en los perniles, cerdas de puercoespín; mote, por cierto, con el que ascendió de rango en el instituto.

Su hermana nos dijo que su madre había desistido de buscarle pantalones porque los reventaba en el acto. Si era en el probador de una tienda, tenían que salir antes de:

– Perdone, no se ponga así, creí que daban más talla. ¿No los tendrá iguales a estos pero en azul oscuro… y elásticos?

– No señora, ni elásticos ni  nada. Páguemelos que su nene los ha hecho flecos.

Así que pantalón corto en verano y pantalón corto en invierno, a lo Lou Ferrigno en La Masa.

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